sábado, 22 de octubre de 2011

LA ATLÁNTIDA




En el siglo IV a.C, el filósofo Aristokles de Atenas (más conocido como Platón), refiere por primera vez en sus diálogos Cristias y Timeo la existencia de la Atlántida. La describe como una gran isla que se hallaba “más allá de las Columnas de Heracles (hoy Estrecho de Gibraltar) y era más grande que Libia y Asia juntas”; además asegura que rumbo al oeste se encontraban otras islas menores y más adelante un gran continente.





Aristokles (Platón)


Esta referencia geográfica indujo al jesuita Athanasius Kircher a elaborar su cartografía del año 1978, en la que sitúa a la Atlántida en medio del océano Atlántico, entre los continentes de África y América.


Platón cita que una civilización avanzada se desarrolló en esta gran isla-continente hasta que, tras un terrible cataclismo, se perdió en el mar.


LA HISTORIA SEGÚN PLATÓN


En uno de los diálogos platónicos, Critias cuenta una historia que se antepasado, el estadista Solón, transmitió a sus descendientes. Hacia el año 590 a.C, Solón llegó a la ciudad de Sais (actual Sa el-Hagar), ubicada en el delta del Nilo. Allí, sacerdotes de la diosa Isis le transmitieron historias muy antiguas referidas a una gran guerra ocurrida 9.000 años antes, entre los viejos atenienses y los atlantes, civilización muy avanzada que había desaparecido tras el hundimiento de su continente. Mediante estos diálogos, Platón describió la historia de este territorio perdido.


Cuando los dioses se distribuyeron las tierras, el territorio de la Atlántida le fue adjudicado a Poseidón, rey de los mares. En una montaña de esta isla vivía Cleito, una muchacha que era hija de Evenos y Leucipe, de la cual Poseidón se enamoró y dejó embarazada.
Cleito dio a luz cinco pares de gemelos, todos ellos varones. El territorio insular fue entonces dividido en diez partes destinadas a estos descendientes. El primer niño nacido fue llamado Atlas y nombrado rey, con lo que se le reconocería predominancia sobre los otros nueve. El nombre Atlas será el origen de la denominación de la isla, así como también del océano circundante.




Poseidón, rey de los mares


Los hijos de Poseidón fueron los iniciadores de las dinastías reales de la Atlántida. Cada uno de ellos controlaba su propia ciudad y dictaba sus leyes. Sin embargo, sus relaciones mutuas eran reguladas por los mandamientos divinos de Poseidón, que estaban inscriptos en una columna del Templo que llevaba el nombre del dios.
Cada cinco o seis años, los reyes se reunían en el templo para consultarse determinados temas o celebrar juicios. Capturaban un toro con lazos y estacas y lo sacrificaban mientras dejaban caer su sangre sobre las palabras sagradas de la columna. Al finalizar la reunión juraban actuar según las leyes de su padre. Muchos y variados eran estos mandatos, pero el más importante consignaba que jamás debían tomar las armas el uno contra el otro, y que siempre se prestarían ayuda mutua.

Esta organización perduró por generaciones y la obediencia a las leyes fue absoluta.
El tiempo fue diluyendo la esencia divina que recibieron los monarcas, el espíritu humano se fue imponiendo lenta pero inexorablemente sobre dicha esencia. Esto fue advertido por Zeus, quien decidió convocar a los dioses para resolver tal degradación. Se optó por castigar semejante acto de soberbia con la destrucción total de la Atlántida, lo cual aconteció apenas en una sola jornada, bajo el influjo de terremotos y tempestades. La isla se hundió bajo el mar para quedar en el olvido. Los restos flotantes de este cataclismo son los que, según Platón, impidieron durante mucho tiempo la navegabilidad de esa zona del Atlántico.





DESCRIPCIÓN PLATÓNICA DE LA ATLÁNTIDA


Cuando Poseidón se enamoró de Cleito hundió el suelo de la isla, para aislar la montaña donde la muchacha vivía. Más tarde creó círculos alternados de mar y tierra, dispuestos en forma regular y concéntrica. Los atlantes que habitaron en esa curiosa disposición anillada, tendieron puentes para comunicar las zonas firmes.
Cada una de las franjas terrestres poseía un muro de piedra que exponía colosales torres y grandes puertas para los puentes. También se abrieron canales para permitir el paso de trirremes, sólo uno cada vez. Todos los puertos y canales estaban interconectados por túneles.

De adentro hacia afuera, la zona central contenía la fortaleza, el Palacio Real y el Templo de Poseidón.
Este edificio, rodeado por un recinto de oro, era inaccesible para la gente común. Su fachada era de plata y los vértices de oro. El techo interno se componía de marfil labrado con oro, plata y oricalco, un mineral precioso que algunas veces fue relacionado con el ámbar y otras con aleaciones de bronce y plata. En su interior se encontraba la estatua de Poseidón, y a su alrededor se ubicaban las figuras de oro de las esposas de los diez reyes. La muralla que rodeaba este islote era también de oricalco. El primer anillo terrestre contenía puertos interiores sobre sus canales, y pasos cubiertos para trirremes desde una franja acuática hacia la otra. La muralla que lo rodeaba estaba recubierta de estaño. En el segundo anillo se encontraba el hipódromo, el gimnasio y los cuarteles, y su muralla era de bronce. El gran puerto de la Atlántida se encontraba en el canal inmediatamente posterior a este anillo. La siguiente franja de tierra no era un anillo sino que formaba parte del territorio de la isla. Allí se alojaban la zona comercial y los depósitos, y era atravesada por un canal que comunicaba el puerto con el mar. La mayor parte de las viviendas estaba a orillas de este canal portuario.

Poseidón había distribuido en esos territorios numerosos manantiales de agua fría y caliente, junto a los cuales se construyeron piscinas y jardines, y había extensos acueductos que partían desde estas fuentes.


La Atlántida producía todos los recursos necesarios para la subsistencia de los habitantes y de los animales. Aquellos frutos que admitieran cultivo se encontraban en la isla a disposición de sus habitantes.
En los bosques, la madera era abundante y el arte prosperaba, mientras que el comercio se efectuaba con puertos de todos los continentes conocidos. En medio de la isla existía una llanura muy fértil, suave y alargada, rodeada por bellas montañas. Cada porción de la llanura poseía un jefe que debía, por obligación, contribuir con su patrimonio al sustento de las huestes guerreras. Así, cada uno legaba la sexta parte de un carro de combate, caballos, jinetes y hombres que oficiarían de soldados y marineros. Sumados los aportes resultaba una dotación total de 10.000 carros de combate y una tripulación para 1.200 barcos. Es evidente que, como ocurrió con las grandes civilizaciones desarrolladas, el bienestar obtenido en la Atlántida tuviera mucho que ver con las gestas guerreras del imperio. La última de estas guerras fue contra los antiguos atenienses, tal como los sacerdotes egipcios le revelaron a Solón. En ese trance bélico se encontraban los atlantes cuando aconteció el cataclismo que sumergió a esta civilización.

1 comentario:

Patricia Alvan dijo...

Esta reseña es en relación a los escritos de Platón, hay alguna explicación científica respecto a la existencia de la Atlántida?